Mis referencias

Por aquel entonces ya había compartido mi deseo con la que entonces era mi pareja. Ella era stripper y también le atraía todo esto, así que en nuestros planes de futuro ya estaba venir algún día a Barcelona e intentar meter la cabeza de algún modo.

Pero nuestra relación ya había tenido bastantes altibajos y rupturas, y en una de estas no soporté más la situación y decidí que mi sueño no podía esperar más. Tenía 32 años y había estado retrasándolo demasiado tiempo. Sabía que era el momento, porque si lo dejaba pasar, me vería demasiado mayor para intentarlo, y superados los treinta, me consideraba con la suficiente experiencia  y el empuje  necesario para luchar por primera vez  por mi sueño auténtico. Sabía que no iba a ser fácil, pero me encontraba seguro de lograrlo.

¿Por qué? Sencillamente, porque haciendo un repaso mental de mi vida, me había dado cuenta de dos cosas. Cuando hacía algo a disgusto, algo que no me motivaba, era absolutamente mediocre. Pero en todo aquello en lo que ponía pasión, había tenido como resultado el éxito. Y en esta aventura, llevaba en mis alforjas tanta pasión que me desbordaba.

Tras una acalorada discusión con mi pareja, cogí cuatro cosas, y con 35000 pesetas en mi bolsillo, me vine a Barcelona. Quedate con la casa, quédate con todo. Estoy harto.

Yo había consumido hasta ese momento muy poco porno español, pero sí que había comprado revistas y el Festival erótico de Barcelona era un acontecimiento que me resultaba tremendamente atrayente. Conocía los nombres de los actores y actrices nacionales, sí, pero a decir verdad para mí había tres personas a las que consideraba casi Dios en el porno nacional, según la información que yo manejaba hasta ese momento.

Esas personas eran José María Ponce, Salvador Diago y Natalia Kim

José María Ponce, por razones evidentes. Admiraba -y admiro- su lucha por construir todo esto desde la nada. Los pioneros siempre han tenido para mí una consideración especial, porque son los primeros en enfrentarse a todo, porque luchan con las dificultades y las superan para que luego otros saquen provecho de su trabajo. Quizá por eso siempre me gustó la idea de ser pionero en algo. Por eso, posteriormente, puse en marcha iniciativas que nadie había llevado a cabo antes. De algún modo, trataba de parecerme a Ponce, salvando las enormes distancias, claro está.

El caso de Salvador Diago era diferente. Conocía a Salvador por las revistas, sabía que era el mandamás de IFG y que esa era la compañía líder en España. Era el tío que movía el cotarro, el que ponía la pasta para que el porno en España avanzara y que mandaba mucho, mucho. Sabía poco más, solo que él y su puro aparecían en todas partes donde se trataba el tema del porno en España. Y a decir verdad, entre el puro y la cara de mala hostia que se gastaba, me daba un respeto/acojono considerable.

Por último estaba Natalia Kim, jefa de prensa del Festival durante años. No sabía muy bien cual era su función, pero era consciente de que era una persona con muchos contactos y a la que veía en todos los fregaos relacionados con el porno. En lo poco que había podido averiguar de ella me dí cuenta que era una persona con mucha preparación, y por tanto se convirtió en otro icono para mí.

Ellos tres eran mis referencias, las únicas personas que yo consideraba que tenían en su mano hacer algo para conseguir que mi sueño de dirigir porno se hiciese realidad. Al único que sabía más o menos como localizar era a Salvador, pero claro, ¿cómo presentarte delante de ese tío que imponía tanto y decirle que quería dirigir? Era absurdo. Primero estaba claro que tenía que demostrar de algún modo que podía valer para esto. Papanatas que viniesen con esa canción se los merendaría cada día con patatas, de eso estaba más que seguro. Porque ese tío tenía pinta de ser un ogro.

Llegué a la estación de Francia con mis cuatro cosas. Subí a un taxi y le dije al taxista: “Lléveme a una pensión” y así lo hizo. Recuerdo que en esos primeros instantes por la ciudad me impresionó ver el Arco del Triunfo iluminado. Aquello era precioso.

Llegué a la Pensión Rondas, en la calle Gerona. Nunca lo olvidaré. Pregunté si tenían habitaciones y me dijeron que sí. Subí con mis dos maletas por uno de esos ascensores antíguos típicos de Barcelona, pero que yo nunca había visto antes. El chico me pregunto que cuanto tiempo iba a quedarme, y le respondí que no lo sabía.

Entre a la habitación. Sencilla. Pequeña. Vieja. Había un mapa de Barcelona en la pared. La cama era algo incómoda. La luz, triste, como la atmósfera que inundaba esa pensión. Allí estaba yo, en mi primera noche en la capital del porno. Sin saber muy bien cual era el siguiente paso.

Pero había comenzado a luchar por lo que anhelaba.

~ por Xuancar en Abril 3, 2008.

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